|
Han pasado los primeros años de la revolución, y mosén Enrique como ya le dicen todos vuelve a Tortosa. El mal con que se encuentra es muy grande, pero hay que empezar a remediarlo. |
|
|
¿Qué hacer con una ciudad envenenada por la corrupción, el odio, el materialismo? El P. Enrique no gastaba fuerzas ni tiempo en lamentaciones inútiles. Se lanzó a la conquista de los niños. Colaboradores inmediatos fueron los seminaristas que, de paso, se entrenaban en una de las tareas más importantes del sacerdote: la catequesis. |
|
| El plan era ambicioso y arriesgado: una verdadera red abarcaba toda la ciudad de Tortosa. El P. Enrique se reservó la zona más difícil, el Barrio de Pescadores, donde los insultos al sacerdote llegaban hasta la violencia. El golpe fue certero. En dos años, más de mil niños se habían convertido en simpáticos «repetidores» del Evangelio por calles, plazas y hogares. Era una fuerza arrolladora que nadie podía contener. La fuerza de nuestro padre Enrique, que planifica, enseña y ayuda a enseñar, establece un sistema, una estrategia , y ora. También y, sobre todo, enseña a orar a los catequistas y a los niños, les enseña a ser apóstoles: | |
|
«Sea alma de oración, alma piadosa sólidamente, alma de fe pura. Es lo más necesario para emprender una obra y, sin embargo, a veces no se tienen en cuenta estas condiciones... Por esto vemos sin cesar nacer y morir instituciones, asociaciones y obras, por otra parte muy excelentes, que unas a otras se empujan y suceden como las olas del mar, sin ningún resultado para la gloria de Dios... Todas estas obras vienen de la vida de Jesucristo. Pero si los que son medios para comunicar la vida de Cristo Jesús, no la tienen en sí, por no tener oración, y por consiguiente no están unidos a Cristo..., la obra morirá porque no tiene vida propia, no la alienta y vivifica el espíritu del Señor. Además de que para permanecer en estas obras se necesita de continuo mucho espíritu de sacrificio: sacrificio de comodidades, de tiempo, de intereses materiales a veces, y lo que es más, del propio juicio y de la propia voluntad. Y esto, sin pedirlo todos los días en la oración, no se alcanza; sin la meditación seria y continua de las grandes verdades de la fe no se puede poseer.» |
|
|
El es así, y por eso puede hablar a sus catequistas desde la propia experiencia. Hombre de oración, hombre de fe, hombre de amor ardiente a Jesucristo. En estos tres puntales se apoya toda su vida, de ellos nacen todas sus obras y por ellos se mantienen. Y es la oración quien las sustenta porque: |
|
|
«no hay males incurables mientras podamos y sepamos orar. El mundo, hoy como siempre, para salvarse ha necesitado de la gracia de Dios. Y el mundo no recibe la gracia de la salvación si no oramos por él. La oración es el medio más universal, eficaz y fácil para la salvación del mundo... Pero nunca se ha orado tan poco como ahora... Hay hambres, guerras, peligros de trastornos sociales, pero en todo se piensa menos en recurrir a Dios. Las ciencias, las previsiones y precauciones humanas..., y nada más. Nuestros padres, que inspiraban en la fe, que vivían vida de fe exclamaban: Sólo Dios basta. Nuestros actuales regeneradores creen que ellos solos se bastan y para nada necesitan a Dios... ¡Si conocieran el don de Dios...! Oremos, que todo lo puede la oración». |
|
|
Y puede tanto, que después de tres cursos de catequesis, a Tortosa no la reconocen ni sus mismos habitantes. «Por los niños al corazón de los hombres.» Y los hombres de Tortosa ya no lanzan blasfemias a cada momento, ni cantan canciones insultantes para la fe. Sólo se oyen cantos a Jesús y a María Inmaculada. Y las mujeres le dicen a mosén Enrique cuando le encuentran por la calle: «¡Nadie podía pensar tres años antes que esto sucediera!» |
|
| Importante labor la que Enrique de Ossó, junto con sus catequistas, desarrolla en Tortosa, para ellos escribe uno de sus mejores libros: «Guía práctica del Catequista». | |
|
|
![]() |
|
|