Quiero ser maestro.
Maestro en toda la extensión de la palabra. A cara descubierta o en la clandestinidad. Desde la cátedra o con la pluma. Junto a los seminaristas o entre los niños y gente sencilla del pueblo. Donde apunte el error o crezca la ignorancia. ¡Siempre maestro! O mejor: ¡Sacerdote maestro! Éste es el secreto de su fecundidad.

El P. Enrique de Ossó fue profesor de Matemáticas en el Seminario de Tortosa hasta el año 1878. Diez años de labor eficiente y abnegada. Los alumnos elogiarán su competencia pedagógica, su exactitud y suave exigencia; pero recordarán de modo especial que «Ossó era, más que todo y sobre todo, un sacerdote de cuerpo entero». Cuando se vive íntegramente una vocación, toda actividad es magisterio.

Admira la múltiple acción pastoral del P. Enrique en esta época. Sin embargo, no creó obras al azar para después darles contenido. Tenía, eso sí, ojos muy abiertos para detectar problemas y descubrir soluciones que, después de prudente reflexión, llevaba a la práctica con santa audacia.

Y fue un organizador: nacida la obra, encaminaba los primeros pasos, aseguraba la continuidad, delegaba responsabilidades y se retiraba a un discreto segundo plano. Desde allí podría ayudar cuando fuese necesario y concebir nuevas empresas.

Se ha dicho que el P. Enrique fue un luchador. Cierto, si se le considera como el apóstol que no escatimó esfuerzos ni escondió la mano ante las dificultades. Pero su misión es más amplia: el P. Enrique fue un gran forjador de luchadores.

«¿Quién renovará las brasas que se están apagando y desprenderá de ellas centellas que surquen la tierra y encenderá llamas que lleguen al cielo?»

Enrique se hace esta pregunta cuando tiene que dejar su excelente labor como profesor de matemáticas.

Se distinguió siempre por una auténtica vocación al magisterio.
Vio en los niños el punto de partida para regenerar a la sociedad. Y le tocó vivir momentos históricos bien necesitados de esa renovación.