— Nació en Vinebre (Tarragona), el 16 de octubre de 1840. Jaime de Ossó y Micaela Cervelló fueron sus padres. Jaime y Dolores, sus hermanos.
— Durante su infancia tuvo por maestro a D. Francisco Freixas.
— En 1852, cuando tiene doce años, su padre lo envía a Quinto de Ebro (Zaragoza) a casa del tío Juan, comerciante de tejidos. Cayó gravemente enfermo y se le dio la primera comunión por viático. Regresó a Vinebre, a casa de sus padres para restablecerse.

«Mi padre quiso introducirme en el mundo del comercio. En Quinto de Ebro, en pleno corazón de Aragón, el tío Juan tenía un comercio. No tenía hijos. En cierta ocasión vino a Vinebre y dijo a mi madre: «Dejad venir a Enrique una temporada a Quinto de Ebro. Si el chico responde con afición a la vida del comercio, podríamos incluso nombrarle nuestro heredero». Y allí me mandaron. Todo iba bien. Pero caí gravemente enfermo. Tenía once años. Me dieron la comunión viático. Me curé. Cumpliendo una promesa, fuimos al Pilar de Zaragoza, para agradecer a la Virgen tanta bondad. Regresé a casa».

— En 1853 su padre lo envió a Reus, a casa de D. Pedro Ortall, comerciante, para que siguiera aprendiendo el mundo del comercio.

«Mi padre me envió a la villa de Reus, a casa del Sr. Ortal, que tenía una tienda que se llamaba, si no recuerdo mal, "Maravilla". Los mejores días me resultaban siempre aquellos en los que por ser festivos, me podía dedicar a la lectura. Mi tía María me había hablado de Santa Teresa. En Reus había un Centro de Lectura, no muy concurrido, ni muy abastecido, pero suficiente. Allí encontré las obras de Santa Teresa de Jesús, a la que nunca iba a separar de mi alma».

— En 1854 la epidemia de cólera acaba con la vida de su madre, en septiembre.

«Cuando llegó el cólera del 1854, mi madre, Micaela, enfermó gravemente. Murió habiendo recibido, con conocimiento y devoción, los sacramentos. Creo que estará en el camino de la gloria. Padeció mucho. Era muy buena. A mí me quería mucho, y más que a todos, sin duda por ser el más pequeño de casa. Mis otros dos hermanos eran Jaime y Dolores. Estuve junto a mi madre en el momento de su santa muerte, y lloré mucho, porque mucho sentí verme privado de ella. Mas a esto que parece desgracia debo tal vez mi dicha y mi suerte, porque luego deseé ser sacerdote como ella quería, pues yo quería ser maestro, un buen maestro. Si alguien, algún día lee estas páginas, le ruego una oración por mi madre; pues me hará un gran favor, ya que a ella se lo debo todo después de Dios».

— En octubre de 1854 escribe una serie de cartas de despedida, pues huye a Monserrat con el propósito de ser ermitaño.

«Hay realidades del alma que la mente no llega a alcanzar ni la pluma a escribir. Pero son realidades tan vivas que iluminan, impulsan y hacen vibrar. Quise retirarme a la soledad como la que gozo ahora. Escribí unas cartas de despedida. Así al menos, podrían leer en un papel lo que nadie se paraba a leer en mi interior. Sé que todo les resultó extraño. Pero un día, de buena mañana, en que el comercio estaba cerrado pues había muerto un hijo del Sr. Ortal (e.p d.), abrí la puerta de la casa y me marché. Mis primeros pasos fueron para visitar la Capilla de Nuestra Señora de la Misericordia. Oré. Pedí la bendición divina. Cargado con unos pocos libros, sin dinero y a pie, pero con la energía de una decisión firme, me alejé de todo aquello que me impedía asirme bien a Dios. Me encaminé a Monserrat».

— A los pocos días de su marcha a Monserrat su hermano Jaime va a buscarle y le hace regresar a casa.

«Jaime de Ossó llama a las puertas del Monasterio de Montserrat:
—¿Está aquí mi hermano? Un muchacho de catorce años, alto, fuerte... Trabajaba de comerciante en Reus. Y ha desaparecido. No tenemos ni una pista, a no ser una carta que mandó a mi padre hablando del servicio de Dios y de la huida del mundo... y estos papeles sobre Montserrat que había en su maleta. ¿Ha venido por aquí?
—¿El mendigo de la Virgen? Verás: La otra tarde llegó un chico andrajoso, con cara de cansado. Pidió pan, dio las gracias y entró en la iglesia. ¡Extraño muchacho! Pasa horas y horas delante de la Virgen. ¡Entra a ver! ¿Quién sabe?
Justo. Era él.
Jaime, frente a su hermano Enrique, comprende que doña Micaela ha salido con la suya. En Vinebre, a las orillas del Ebro, cuántas veces presenció la escena:
—Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote.
—No, madre, quiero ser maestro.
Y la voz calculadora del padre, don Jaime, poniendo fin al diálogo familiar:
—Ni sacerdote ni maestro. ¡Comerciante es lo que da!
De comerciante, nada. No hay más que ver. ¡Si no le para el dinero en las manos! Ni la ropa en el cuerpo.
—¿ Esos andrajos, Enrique?
—Pues... sólo llevaba lo puesto... y aquel chico era tan pobre... De comerciante, nada. Ya puede despedirse el padre de su sueño. ¿Maestro? ¡Tal vez! ¡Sacerdote! De eso Jaime ya no tiene la menor duda. Lo ve en los ojos de Enrique y se lo está oyendo como una oración:
—¡Quiero ser sacerdote o ermitaño!
Aún no hace el mes de la muerte de la madre. ¡Esta doña Micaela! Jaime recoge la herencia y asume el compromiso:
—Ven, Enrique, vamos a casa. Serás sacerdote. Yo te ayudaré».

Vinebre —Tarragona— ve nacer a Enrique de Ossó y Cervelló el 16 de octubre de 1840.
Sus padres, don Jaime y doña Micaela, labradores acomodados.
Un hecho singular en estos años de su infancia: la huida a Monserrat, solo y a pie —extraño peregrino de catorce años— para ofrecerse a María y prometer entrega incondicional a Cristo:
«Seré siempre de Jesús».

Casa de Hozo en Vinebre

¡Quiero ser sacerdote o ermitaño!
Monserrat, lugar donde se definió la vocación de Enrique.
«Podrían leer en un papel lo que nadie se paraba a leer en mi interior»