6 de octubre de 1867. De nuevo en Montserrat.

Enrique de Ossó y Cervelló celebra su Primera Misa ante la Virgen Morena, la primera confidente de su decisión, trece años atrás: «Seré sacerdote o ermitaño».

Junto a Enrique está don Jaime, que no acaba de comprender las locuras del hijo. Y están sus hermanos, familiares, amigos.

«Sólo un vacío notaba: la presencia visible, corporal, de mi buena madre de este mundo. Pero ¿qué importa? Estaba allí su espíritu...»

¡Sacerdote! Los años del Seminario han dibujado ya la rica personalidad del apóstol: «Sirvo al Señor con alegría», escribió en la preparación para el Subdiaconado. Sirvo. Es una afirmación —no un propósito— consecuencia de su dedicación plena.

¡Sacerdote! En su Primera Misa, ya se le escapan de las manos mil proyectos.
Allí donde la Iglesia le necesite, estará el P. Enrique con su respuesta.

Las manos ungidas de Enrique de Ossó acogen como en un trono al Dios vivo y verdadero —toda la gloria del Señor—;al Hijo de María, dice él. Y no sólo Enrique se entrega a Jesús para siempre en su totalidad —consagrado a él—, sino que Jesús se le ofrece también.
«Jesús, gloria consumada de mi alma y de mi cuerpo, Tú todo mío por gracia y después por gloria; y yo todo tuyo por amor y gracia en ti, transformado por unión de voluntades y de afectos, para que no viva yo, amo Tú, mi vida y mi Jesús, en mí».
Junto al misterio inefable de Cristo hecho hombre y hecho pan para los hombres por amor, ese otro misterio que es el amor humano —la familia, los amigos...
Los dos, ¿o son uno solo?, completan y complementan el círculo del amor en la vida de los hombres. Enrique, antes de subir a Montserrat, se fue a la Cueva de Manresa a buscar al padre Martorell, porque ya de estudiantes habían acordado que el jesuita, su más íntimo amigo, predicara el sermón de la primera misa. Sacerdote según el rito de Melquisedec, sí, y también muy amigo de sus amigos. De Dios y de los hombres, porque no se entiende lo uno sin lo otro.

De nuevo en Monserrat. Ahora para cantar su primera Misa a los pies de la Madre. Había sido ordenado sacerdote el día 21 de septiembre de 1867. Desde aquel momento irradiará la fuerza de su sacerdocio en una vida entregada por completo a los hermanos.
Estaba convencido de que sólo la práctica de las virtudes y la efusión del Espíritu podían dar esa fuerza a su sacerdocio.

 

A los pies de la Moreneta, Enrique celebró su primera Misa y las Bodas de Plata sacerdotales