El apóstol ha llegado a la cumbre.
Sufre incomprensiones, desgarrones en su fama, es perseguido por causa de la justicia...
Sí, es el dolor de un hombre que ha de morir porque está hecho para dar vida.
Su corazón de apóstol será herido como el de la Madre Teresa.
Horas de lucha y de prueba mientras la verdad se silencia y se oculta bajo el papeleo amarillento de la envidia o de los intereses humanos.

Aquel hombre de Iglesia, hijo fiel, tiene que defender, durante casi veinte años, un desafortunado pleito con los tribunales eclesiásticos. Precisamente con ellos. Paradojas de la santidad.
Y lo pierde. Esa pérdida será su corona. Sólo muchos años después de su muerte se conocerá la verdad oculta. Y entonces se abrirá de par en par todo el secreto de sus virtudes heroicas.

Pero el dolor tiene que herirle también en su obra más querida.
Junto al pleito, el abandono o la lejanía por parte de algunas de sus hijas. ¿Faltó comprensión para captar la grandeza de un hombre como el P. Enrique? ¿O era, sencillamente, la prueba del fuego por la que ha de pasar siempre el amor?

Un día, cargado aún de proyectos —tiene 55 años de activa madurez—, llega a su Desierto. No; no podrá quedarse allí. Hay demasiado ruido y él necesita silencio, quietud. Avanza hasta Sancti Spiritus, el convento franciscano. Aquí sí. Es un momento de pobreza radical en su vida que encaja bien con la sencillez de los hijos de San Francisco.
Enrique saborea una nueva libertad. No tiene amarras. Está solo. Paz, silencio.

En la noche callada del 27 de enero de 1896 presiente el fin del camino. Herido de muerte, debe subir aún los últimos peldaños de su altar. Enrique ha llegado por fin, trabajosamente, al rellano de la escalera. Se ahoga como si una mano de hierro le estuviera apretando el pecho. ¿Es esto la muerte, Señor? Como puede, con un gran esfuerzo, golpea varias veces la puerta de la clausura. Intenta pedir auxilio, pero las palabras se le detienen en la garganta. Tres frailes han advertido que algo pasa y acuden a la puerta. Consternados, encuentran a mosén Enrique en el suelo, lo levantan y lo llevan hasta una cama. Con angustia le preguntan si quiere algo. Pero no hay palabras ya. Las palabras han quedado superadas por los hechos: Enrique ya lo ha entregado todo por Jesús. «Recíbeme, Señor».

Es el 27 de enero de 1896. Fuera, más allá de los muros del convento de Santo Espíritu, es de noche. Pero Enrique de Ossó ya disfruta de la luz plena, ya conoce la verdad completa, ya goza del ardor para siempre.
El P. Enrique de Ossó y Cervelló, hijo fiel de la Iglesia, sacerdote, apóstol de la niñez y juventud, maestro de oración, fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús:

¡HA LLEGADO A LA CUMBRE!

«Sed cristianos de verdad. Cristiano quiere decir otro Cristo, por eso la ocupación primera de todo cristiano es conocer a Jesús para que toda nuestra vida sea como la suya. Pensar como Jesús, sentir como Jesús, amar como Jesús, obrar como Jesús, conversar como Jesús... En una palabra: revestirnos de Cristo Jesús, he aquí la ocupación esencial de todo cristiano».

El dolor entró en su vida para que la santidad se acrisolara. Pruebas y dificultades en su obra predilecta, la Compañía. Injusticias e incompresibles de los que en un tiempo habían sido colaboradores y amigos. Pero el Padre Enrique sabe confortarse en la oración. Y precisamente, en el retiro de unos días en el convento franciscano de Santo Espíritu le encostró preparado el Señor para entrar en su gozo. Era el 27 de enero de 1896.

«Yo quiero, Señor, y pido que cada día crezcan en tal grado mis afectos de fe viva, alabanza, adoración y amor, que la muerte me sorprenda en ese ejercicio, y al vislumbrar cercana la vida eterna, al sentir más cerca vuestra presencia amorosa, al ver con más claridad la belleza de vuestro rostro, al oír con más suavidad el timbre de vuestra voz, mi corazón se encienda, se avive, se consuma y muera de amor que no pueda contener».